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ABUSO: la dignidad atropellada

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En los últimos años a través de los medios de comunicación y con tono escandaloso, ha quedado de manifiesto la enorme magnitud de la herida que aqueja nuestra sociedad, mayoritariamente centrada en el abuso sexual y generalmente oculta por el silencio, la vergüenza y la hipocresía. Por razones obvias, las noticias solo muestran la cara superficial de este flagelo, centrando su atención en los aspectos jurídicos y sociales asociados a los victimarios y a datos estadísticos o secundarios relativos a las víctimas.

El difícil proceso de estas últimas solo puede ser conocido desde el encuentro privado que permite compartir el dolor y las secuelas de una intimidad violentada. Esta cara interna y más profunda es la que nos ha tocado conocer a muchos terapeutas que hemos tenido el privilegio de acompañar a personas en su lucha por sanar las heridas del abuso, la mayor de las veces perpetrado en sus propios hogares.

Lo que sigue, no pretende ser más (ni menos) que una sistematización muy resumida de las enseñanzas que estas personas trajeron a mi vida y a quienes declaro mi profundo respeto, admiración por su coraje y gratitud por su confianza. Espero que puedan ser orientadoras para quienes han sufrido esta dolorosa experiencia y también para aquellas que tengan la posibilidad de apoyarlas en su proceso.

Para estos últimos, comienzo advirtiendo una exigencia surgida de mi propia experiencia: una posición, implícita o explícitamente cargada con los propios prejuicios o miedos, puede ser sumamente perjudicial para quién pretendemos ayudar…. El norte central es la reparación de un daño que llega a la delicadeza del alma y el proceso no debe ser contaminado con la condena moral de quién acompaña el proceso, ya que tiende a aliarse con el resentimiento y la posición victimosa de quién necesita sanarse.

Reconocer la herida ante si mismo: recuperar la conciencia bloqueada

Generalmente las víctimas del abuso son personas menores de edad en situación de indefensión, que son violentadas por una persona mayor, a veces, de la propia familia o muy cercana a ella. No habiendo estructura síquica para asimilar una experiencia de esta naturaleza, lo más frecuente es que se active el único mecanismo de defensa disponible: la negación. Este mecanismo se ve fuertemente reforzado por el condicionante social-familiar, internalizado conciente o inconcientemente por la persona, de haber participado de un evento prohibido o indebido o muy vergonzoso. Así, una de las respuestas iniciales clásicas es suprimir la experiencia de la conciencia o, en el mejor de los casos, aferrarse a un pretendido y auto engañoso olvido.

Como quiera que sea, el mecanismo defensivo, que pudo ser imprescindible en su origen, no tarda en mostrar sus falencias. Mas temprano que tarde la herida que sangra desde la sombra del inconciente se manifestará interna y/o externamente en la vida de la persona y sus expresiones pueden ser muchas y muy variadas: relaciones conflictivas con personas del género del victimario, miedo irracional al contacto, baja autoestima, tendencias a la victimización… en fin, se trata de una interminable lista. Cuando el abuso tiene componentes sexuales, debemos agregar desprecio por el propio cuerpo y el sexo, conductas insanas y disfunciones en el ámbito de la sexualidad y una probable ambivalencia de identidad sexual.

Pero todos estos “síntomas” no son más que el llamado a desenterrar aquello que, en su momento, intentamos cubrir con el manto de la negación u olvido. Los primeros pasos generalmente son inciertos y los recuerdos comienzan a llegar envueltos en una nube de confusión, ambigüedad y duda; se genera una tensión inevitable entre la resistencia del mecanismo protector reforzado con el paso del tiempo y la conciencia que busca su liberación. La paciencia, la contención y la aceptación son el bálsamo para acompañar esta fase del proceso, que habitualmente re-moviliza la memoria corporal inhibida (la estructura del mecanismo defensivo se sustenta en una fuerte disociación cuerpo/mente) a través de sensaciones que buscan configurarse en recuerdos claros… acoger y validar todo “el material” emergente (imágenes, sueños, sensaciones, etc.) es fundamental para su desarrollo, depuración y decantación.

La luz de la conciencia va recolocando las piezas en su lugar y, dependiendo fundamentalmente de la relación afectiva pasada y presente, entre víctima y victimario, esto puede ser muy difícil y doloroso… aún así es necesario reconstruir con precisión todos y cada uno de los hechos vinculados al abuso, lo cual irá acompañado de una re-integración de las funciones sensoriales y cognitivas de la persona.

Pero la reconstitución de la historia no involucra solo las circunstancias directas, sino también aquellas indirectas, objetivas y subjetivas, que circundaron la situación e hicieron complicidad con esta.

En primer lugar está el rol jugado por la propia víctima, quién puede haber sido violentada no solo a través de la fuerza, sino de una seducción que despertó su natural curiosidad por el placer, o buscando satisfacer una carencia afectiva. Cuando el abuso transcurre al interior del hogar, ya sea por miedo o vergüenza, es habitual que la victima establezca una alianza implícita o explicita con su victimario, a fin de mantener el delito en secreto. En cualquier caso, el abuso se sustenta en situación de poderes desiguales que la persona afectada debe saber reconocer y discriminar con nitidez, a objeto de despejar asociaciones culposas y auto condenatorias relativas a su participación y conducta, situándolas en el marco objetivo de la madurez y circunstancias del momento.

Pero además de los implicados directos, también pueden haber terceros involucrados, lo cual es habitualmente así en un abuso bajo contexto familiar. La complicidad de personas cercanas a través de la colaboración, el silencio o la omisión constituye una parte relevante de la herida, que no puede ser ignorada.

Todo esto requiere ser restituido en la conciencia y demás estará decir que para ello se requiere aceptación incondicional de la totalidad los sentimientos que este difícil proceso moviliza. Desde el odio al pánico, pasando por el asco, la tristeza y la vergüenza, todas las emociones reprimidas necesitan su espacio y expresión bien encauzada para conquistar la liberación.

Las huellas del abuso: perdón y transformación de las secuelas.

En forma natural y paralela con lo anterior, la persona irá asumiendo las consecuencias que esta herida negada ha dejado en su mundo interno y externo; y en su historia presente y pasada. Como ocurre en la mayoría de los casos en que hemos sido víctimas de situaciones injustas, será necesario reconocer en nuestro corazón los sentimientos de odio, anhelos de venganza, resentimiento, impulsos destructivos, negatividad, amargura, etc. Y toda esa carga interna posiblemente tendrá su correlato externo en relaciones insanas, miedo al compromiso, conductas autodestructivas, inestabilidad emocional, estados depresivos, deterioro de la salud, etc.

Surge de manera urgente la necesidad de una mirada compasiva que les permita reconciliarse con ellos mismos, en un perdón profundamente sentido, que abrace la totalidad de la herida y sus secuelas. La tendencia a la auto recriminación debe ser re-direccionada hacia un compromiso con ellos mismos, para transformar la vida hacia una mayor sanidad y felicidad. Es imprescindible que este compromiso se manifieste en forma concreta haciendo amorosamente los cambios internos y externos que su vida requiera.

Confrontar al victimario: recuperar el poder y la dignidad

Es altamente probable que parte del proceso exija una confrontación con el agresor, lo cual inicialmente debe situarse en el plano simbólico, a través del diálogo imaginativo (gestalt), la escritura o el “acto sicomágico”, donde la persona pueda expresar con toda libertad los sentimientos que se le susciten. En un comienzo, lo más probable es que las expresiones tiendan a focalizarse en la descarga energética y emocional de los contenidos asociados al abuso y sus secuelas, tales como la rabia y la pena. En caso de haber vínculo afectivo con el victimario, es posible que dicha confrontación vaya derivando hacia la diferenciación entre los aspectos sanos e insanos de la relación, para rescatar los primeros y desvincularse de los segundos. Eventualmente, la persona puede llegar a una comprensión de las raíces enfermas que originaron la conducta de su victimario, posibilitando incluso un perdón genuino.

En cualquier caso, es importante que el eje de esta parte del proceso esté centrado en la expresión auténtica, que fluye espontáneamente del sentimiento, sin forzar ni orientar nada hacia un objetivo predeterminado. Recordemos que ante las situaciones de injusticia “errar es humano y perdonar es divino”, por lo mismo, un perdón auto impuesto puede llevarnos nuevamente al espacio de la negación.

Son pocas las ocasiones en que resulta posible y aconsejable una confrontación real y directa entre ambos implicados. La participación conciente y voluntaria del victimario solo tendrá sentido si está motivado por una auténtica intensión de reparación, está en condiciones de hacer un reconocimiento de los hechos y su disposición es privilegiar las necesidades de la víctima por sobre las propias (lo cual equivale a revertir la actitud que predominó en la situación de abuso); todo lo cual debe ser rigurosamente supervisado. Por parte de la víctima es fundamental que se sienta con la fortaleza suficiente para atravesar el desafío, que inevitablemente estará plagado de miedos y fantasmas… bajo este contexto no se deben escatimar las precauciones y apoyos necesarios que garanticen una dirección evolutiva en el proceso.

Ya sea en el plano real o imaginario, el sentido y propósito profundo de una confrontación con el victimario, sea con el consentimiento de este o no, debe ser la reconquista del poder personal y la dignidad, atropellados por quién abuso del poder injustamente.

La sanción del entorno: la verdad y justicia que libera.

Como escribió en un diario de la época un lúcido psiquiatra referente al “caso Lavanderos”, la condena social y legal de este forma parte importante e indispensable del proceso de sanación de las víctimas. Y así es toda vez que la injusticia o abuso de poder sean componentes de la situación, porque la sanción del entorno interpersonal de la víctima vienen a validar y a respaldar, en el nivel cultural y social, los impulsos personales tendientes a restablecer un orden ético y valórico quebrantado, posibilitando así su plena reincorporación.

Esto tiene tanta validez para situaciones de gran escala, como el ejemplo citado en que la resolución debe plasmarse en el nivel jurídico y cultural de la sociedad; como en escalas menores, donde el ámbito familiar afectado debe encontrar los mecanismos para sancionar al abusador y apoyar el proceso de reintegración de quién fue violentado al interior de su seno.

Cualquiera sea la escala, el punto aquí es el siguiente: si una persona no tiene en su entorno (familiar o social) la confianza y contención suficiente para exponer abiertamente su herida, psicológicamente se sentirá profundamente marginada, tanto porque su más importante experiencia no puede ser recibida y asimilada por su medio, lo cual la coloca en una posición de “vicho raro” que debe ocultar su verdad; como porque ese medio no le otorga la seguridad mínima, lo cual la ubica en una posición de desprotección. En definitiva un circulo vicioso en que la misma herida la sitúa en una condición de “paria” y esta condición imposibilita la sanación de la herida.

Es parte importante del proceso reconocer y romper esta circularidad viciada, lo cual suele ser sumamente delicado y complejo, dado que involucra exponer la fragilidad de la herida ante terceros, cuya reacción es finalmente impredecible y riesgosa. Hay muchos factores interrelacionados que intervienen en este proceso y que conviene tener presente:

Lo primero que debe ser evaluado con la mayor objetividad posible, es si el entorno cuenta con la solidez ética y madurez suficiente como para enfrentar sana y justamente una verdad dolorosa y que eventualmente puede significar el desplome de figuras, que se han sostenido y a veces engrandecido, a costa del secreto y la mentira.

En segundo lugar, se debe tener contemplar la posibilidad de fuertes decepciones ante reacciones negativas por parte de personas que, por incapacidad o por haber actuado en complicidad con la situación de abuso o por lealtad con el victimario, se resistan a aceptar la verdad e insistan en la vía de la negación, lo cual se traduce en acusar de mentiroso a quién intenta poner la verdad sobre la mesa. En el otro extremo, pero igualmente negativo, se pueden presentar reacciones sobredimensionadas que fomenten el escándalo y violen la privacidad, provenientes de personas que, en definitiva, no tienen la generosidad y entereza suficiente como para colocar el cuidado por la vulnerabilidad de la victima como primera prioridad.

En tercer lugar es necesario poner conciencia profunda en las motivaciones e intensiones que, en cada paso dado o no dado, se movilizan al interior de la víctima, a fin que el proceso se encauce constructivamente. La negativa a revelar la verdad a una determinada persona puede ser una alternativa sanamente prudente en algunas circunstancias o puede ser la reactivación del miedo paralizante que restablece la alianza silenciosa con la experiencia de abuso. Por el contrario, declarar la verdad puede ser un paso positivo en tanto busca restablecer el orden (personal y/o familiar y/o social) alterado, pero puede ser contraindicado si está impulsado por afanes vengativos o desafiantes, que más conveniente resulta trabajar en el espacio interno.

Respetar un ritmo naturalmente cauteloso, con actitud flexible, atento y conciente a las señales internas y externas, es lo más indicado para ir tejiendo la red de contención en forma paulatina, partiendo por las personas que se tiene mayor cercanía y confianza, para idealmente construir el soporte suficiente que permita abrir sana y protegidamente la herida a todo el entorno requerido por la víctima. Los aportes del enfoque sistémico pueden resultar especialmente relevantes para orientar adecuadamente este aspecto del proceso que, repito, es altamente complejo y muy delicado.

Lo central es mantener el foco siempre puesto en restablecer la verdad y la justicia, generando un nuevo orden que beneficiará a todos, incluido el victimario. Esta comprensión fue asimilada por una de mis más jóvenes y heroicas clientes, que en expresión de gratitud por el acompañamiento recibido, envió el siguiente fragmento de Rudolf Steiner: “La luz del Sol fortalece lo creado sobre la tierra, la luz de la Verdad fortalece nuestro corazón”.

La búsqueda del sentido: el desafío espiritual de trascender.

Todo lo anterior sintetiza cuanto podemos hacer en el plano de lo humano, tanto a nivel individual como colectivo, en lo podríamos llamar el proceso de sanación psicológica que: libera la enorme carga psíquica y emocional bloqueada en la conciencia, posibilita transformaciones positivas y significativas en nuestras vidas, permiten recuperar la dignidad y el poder personal y nos habilitan para restablecer un orden saludable con el entorno familiar y social.

Hecho este proceso, que demás estará decir requiere de una fuerte dosis de coraje, esfuerzo, perseverancia, paciencia y determinación; quedamos naturalmente expuestos a un desafío que trasciende lo puramente psicológico y nos confronta con el sentido más profundo de nuestra existencia: ¿de que se trata todo esto?, ¿por que tuve yo que pasar por esta pesadilla tan absurda como injusta?, ¿hay algo más que el haber sido una víctima inocente del delirio de un enfermo?.

La respuesta a estas legítimas interrogantes evidentemente no las encontraremos en la mente racional y serán un acicate para sumergirnos en las profundidades metafísicas del alma y el espíritu, donde la existencia toda se revela como un enorme e inefable misterio, cuya exploración bien pudiera darle el sentido último a nuestra vida.

Lo anterior naturalmente dependerá de las inquietudes y motivaciones de cada persona, pero mi experiencia señala que a quienes nos ha tocado experimentar los límites de la locura humana (en cualquiera de sus formas), estamos llamados a despertar a nuestra realidad trascendente, integrando lo que un sabio maestro sintetizó así: “No somos seres humanos que podemos tener una experiencia espiritual, somos seres espirituales teniendo una experiencia humana”.

Desde esta perspectiva, cuyo alcance solo es factible desde un nivel de conciencia transpersonal, es que podemos disolver la condición de víctima y reinsertarnos como co-creadores del perfecto orden universal… un logro que sin duda nos consagra en las artes de la alquimia, haciendo que nuestra dolorosa experiencia se revele como la estrella que guió la gran liberación, profundamente anhelada por el alma.

(Publicado en Revista Psicología&Sociedad N. 25, Junio 2008)